GRITO

Grito, contra la luz y contra el día, en la amarga densidad de una camisa de fuerzas, y en el calabozo de una cama con trampas. Grito, sin el pleno gozo de la carne y con su pleno gozo, en la superficie de los arroyos en calma, y en los torrentes horrendos y hermosos. Grito, contra la luz de la desnudez humana, y contra el pálido cadáver, oscuro, siniestro, parco y mugroso. Grito; Grito también contra el atardecer y la chispa de la mañana, contra las cadenas perpetuas y los abrazos forzosos. Grito, contra el detestable canto, y odioso beso, que en mí sembró tu amanecer de carne y hueso, con la suma de mi esquizofrenia vertida sobre la falda dibujada en tu espalda, para que tu UVE se alzara invertida. Grito; Grito contra la furia recién nacida, y contra el rito academicista, grito, contra la liturgia futurista, y contra mí mismo: ¡Grito!

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CARTA SIN RODEOS 29/01/2002/ -Boceto,iniciativa osada,insolente, impertinente y malcriada, en letritas minúsculas de proyecto inconcluso: “Cuerpo, verso y guitarra” mano a mano junto a Óliver Leiva Casañas (D.E.P)

Quiero decirte que eres la muchacha más linda que he visto.

Y no precisamente por la celeridad con que la primavera incide en tu rostro

y te maquilla. Sino simplemente, porque eres como el sol que no mengua

y porque me quieres y porque te quiero, y porque es el amor el único ser

que nos dicta.

Quiero decir que eres para mí más que una simple utopía. Porque estar junto a ti,

día a día, es como consagrarse dentro de la certeza de que el amor sigue siendo cosa de dos,

y que no es necesario hacer demasiada poesía.

Quiero decirte que es algo que esquiva a mis palabras, porque, -¡Insisto!- ¿cómo decirlo?…

Porque quiero finalizar esta carta sin rodeos, y sin hacer gala de ningún retoricismo.

Porque no son estas mis últimas palabras,

y porque eres la muchacha más linda

que he visto.

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Pasear mundano.

En este pasear mundano que es la vida,

mi propia desesperación, nada más

me pertenece.

 

Ese todo y nada, que a mi sien

hostiga, cuando el más absoluto yo,

se electrifica y en forma de arcada,

aparece.

 

Cuando la máscara de mi existencia besa

el cielo de la náusea, y retorna

a su prisión de carne y huesos.

 

En el camino hacia el insustancial

saber hallar la certidumbre, como

una enorme losa de vacuidad, no menos

sustanciosa que la esperanza rota,

que, al inevitable escenario, de mis personalidades

múltiples, de plétora desquiciada me levanta.

 

Acallada tan sólo, por nuestro libertario

y moribundo séquito, garante de una existencia

disuelta, como mercancía caduca, en el no ser

y en su paz indisoluble.

 

Cuando ya nada me pertenezca, y un breve

fragmento de memoria, insertado en mi cerebro,

entonces, neonato, olvide, sin disuadir a los vacuos

primeros pensamientos, quién fui.

 

No habrá retorno posible, a esa existencia

maldita, de saberme para la eternidad, yo,

desnudo ante el precipicio de la verdad absoluta,

a la lucidez no delirante, ofrendando con carne y sangre,

el paradero exacto de aquella dicha bendita:

Blanco remanso redundante de paz y estupidez.

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¡Sonreíd!

Sonreíd, compañeros míos, aunque el toque postrero

de nuestra función sea un inhóspito e inhabitable

cementerio en duelo alzado, aunque no respiremos aire,

sino nada y menos, y aunque el mustio sepulturero

sea nuestra única compañía en suma ingrata. Sonreíd compañeros,

pues el legado de nuestra tinta serpenteará hasta fundirse

en el infinito océano de nuestros amados escritores. Esos,

a los que nunca conocimos salvo de obra y gracia, y por los

que sonreímos, portadores de su dicha, entre rufianes y ladrones

de nuestra refinada y poética abundancia. Ladrones, batracios infames,

necios bufones, muertos en vida robando versos, ropajes, fingiendo

cantos, expresiones (…) Cobardes, que no suicidas, proponiendo

moneda por plagio, hediondo oropel, mientras se descomponen

como pago de nuestro acero y se oxidan, siquiera comprada en obscena

subasta letra alguna, o letanía perfumada de alelí. Por tanto y todo,

compañeros míos:

¡Sonreíd!

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El necio.

En mí suspensa la verdad que amaba, obnubilado había estado en la ignorancia estéril, en el pasto de praderas inferiores, infecundas y baldías. Hasta que desperté en el mundo crudo, hostil, rudo, real. Mundo de talento innato y apogeo inevitable. Entonces pensé en los otros, y en su despertar siempre durmiente, en sus indecorosos legajos sin ningún talento, y en su estadía necia en el país de los idiotas. Jaleados de manera vil por editores que, tras su maldad o su altruismo miope, llenaron al necio de parabienes verbales y publicaciones tan primerizas, que el ridículo de estas, se sostenía sólo en el cielo de la infamia, por una ciega turba de seguidores a cada cual más necio. ¿Acaso debería de serle revelada la verdad de su mentira, o la felicidad que le confería su pobre estupidez consentida, le haría despertar algún día al rubor del espejo de su ignominia, con alguna microscópica verdad de talento? Harto difícil saberlo sería, liberar con la verdad vetada, a un pobre náufrago nacido de la mentira. Y lo que era más importante, quién podría, hallar en su voz poder tan inimaginable, como para verbalizar ante unos ojos tan puramente ignorantes, verdad tan ingrata, sin evitar portar los ropajes propios, de un mensajero del infortunio – ¿? – . ¿Quién?

 

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La puerta sobre el camino.

La puerta sobre el camino, el frío

valle que se desliza por sus heridas

grietas, los puntos cardinales mirando de soslayo,

y mis nubarrones llorando sobre la tierra.

 

Sin los destellos superpuestos en el sonido

de mi sobrenombre, escribiendo, nomenclatura

y rastro.

 

Acaso doblar una hoja como un racimo

de asombros o tintineo o azote de campanas

sostenidas, en el preludio de lo que será otra cosa,

metamorfoseándose, quien me dirá, quién

 

Sostiene en el cielo preso, aunque nunca sepa

bien, qué sería del hombre del sombrero azul

y sonrisa hueca.

 

La puerta sobre el camino, el frío del valle

deslizándose sobre sus heridas grietas.

No sería nadie tal vez, ni yo, ni el hombre

del sombrero azul y sonrisa hueca.

 

Quizá sombras imperceptibles, sin forma

ni nombre, incrustados en mi rostro todos

los siglos en los que no fui

 

Ni suma, ni vocablo, sólo unos huesos

enjuagados, por la escarcha de los robles

cansados, y una rosa blanca, extendida

sobre las palmas de mis manos, me dirá con qué

 

Recito miríadas de jeroglíficos

urbanos, amamantando la levedad

de un ramo con el vano tacto de la sed.

 

Nadie sabrá, el cómo, el dónde, ni el por qué,

hacia mí el cielo arrojar su encono, cuando

no decoro, con prosa el papel.

 

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Mensaje descifrado en una ventana.

El aroma seco de aquella ventana

entumecida, propicia la lectura

de un mensaje: Las tragedias

nos celebran.

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